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Sobre Hollywood y las computadoras

Siempre me sorprendieron las absurdas interfases de computadoras que nos muestran las películas; pero Ariel Torres, del suplemento de informática de La Nación ha ido un paso más allá, y recolectó todo un catálogo de imposibles sobre éste tópico. Vale la pena leerlo.


LANACION.com | Tecnología | Lunes 9 de julio de 2007

Comprando libros: Vercoquin y el plancton, de Boris Vian

Hoy comencé a leer una gema escondida entre tanto papel impreso con forma de libro: Vercoquin y el plancton de Boris Vian. Aunque en rigor, debo reconocer que cualquier libro de Vian, no solo este, es una auténtica joya.

El post anterior (Perlas negras 25) es la frase con la que Vian cierra el prólogo de esta novela. Es casi imposible intentar comentar un libro al cual, aún, no terminé de leer; pero quiero decir un par de cositas sobre él, que ya se ponen en evidencia a las pocas páginas.

Vian, como siempre, hace un uso exquisito del lenguaje. Parece disfrutar de las palabras, jugando con ellas hasta la nausea; trazando dibujos con ellas, semejantes a los trazos de un fileteador. A muchos, la escritura de Vian les parecerá aburrida, pretenciosa, anticuada; pero es innegable el uso que hace del idioma transformando un simple montón de palabras en imágenes poderosas y originales.

Vian es uno de los escritores que más gozo (ya lo se, esto último es demasiado personal), quizás por esto es que me apasionan tanto las pinceladas que crea a través de las palabras. Lo conocí con La hierba roja; otra nouvelle a la que algún distraído la calificaría de ciencia ficción, donde utiliza un tópico clásico, el viaje en el tiempo, para hundirnos en ese océano de palabras; por momentos meciéndonos dulcemente, y luego sacudiendo nuestra modorra con un recurso simple, mínimo, esencial: la palabra bien usada.

Comprando libros

El miércoles pasado compré (y comencé a leer) una novela cuya acción se desarrolla en medio de una sociedad autoritaria, que gobierna las ideas y deseos de la gente a través de la publicidad, y encierra en campos de concentración a aquellos a los que no logra dominar.

El héroe es un mediocre fracasado, adicto a todas las drogas sintéticas que pudes imaginar.

La novela es Nuestros amigos de Frolik 8; y el autor Philip K. Dick.

Cartografías

Los escritores somos hijos de las lecturas que hemos tenido. Nada es por que sí, y muchas veces podríamos sorprendernos al conocer cuales son los libros leídos por los escritores; se sabe que Úrsula LeGuin admira la poesía de Diana Belessi. Pero los libros y escritores que rechazamos también son una guía para comprender que escribimos; por ejemplo, Bioy despreciaba el realismo exacerbado de Joyce: los libros no leídos hablan tanto o más de nosotros que aquellos guardados en nuestra biblioteca.

Mi primer libro lo encontré a los ocho años; fue La Odisea, en una versión pausterizada de la colección Billiken. El viaje de Ulises fue el inicio en mi viaje por la literatura: su periplo, como cualquier otro viaje, es un rito iniciático. El paso entre los acantilados de Escila y Caribdis, es la escena que más recuerdo: ahora, treinta y dos años después, pienso que el constante ir y venir de las aguas entre sus moradas, es una metáfora sobre las decisiones que debemos tomar en nuestra vida: ¿acercarnos a una o a otra? ¿cuál de los dos monstruos será el menos peligroso para nosotros? La única opción segura es el camino entre ambas, pero también es el más arduo de sostener: quizás Homero creía que mantener el equilibrio entre las tensiones y fuerzas que gobiernan nuestro día a día era la senda adecuada, a pesar de las dificultadas que nos acarrea.

Mis libros siguientes, también trataron sobre viajes: Los hijos del capitán Grant y Viaje al centro de la Tierra. En el primero me encontré con un dato curioso, parte de la acción transcurre en lo que ahora es Mar del Plata (donde vivo): Sierra de los Padres y Cabo Corrientes. El segundo fue mi primer contacto con la ciencia ficción. Hoy me perecerían dos novelas pretenciosas y, por momentos, aburridas; pero fueron el modo de acercarme, en especial con Viaje al centro de la Tierra, a la razón que debería tener todo libro; me refiero a la sorpresa y entusiasmo; al poder que tienen los libros de maravillarnos, sin importar cuan plausible pueda ser la historia que nos están contando. Debería decir que hoy por hoy, Verne no es un escritor que me agrade; su obsesión por atarse al cientifismo de la época, lo hizo caer en historias, como De la Tierra a la Luna, por completo absurdas. Es conocida la anécdota en la que Verne reniega de Wells diciendo de éste “el inventa, yo uso la ciencia”. Pero el tiempo le dio la razón a Wells: él imagino que la única forma de viajar a la Luna era con cohetes; Verne creía hacer ciencia al proponer viajar a la Luna dentro de una gran bala hueca lanzada con un cañón gigantesco. De más está decir que Wells, desde lo literario, se planta muy por encima de Verne.

Mas o menos por esa época, yo tendría unos diez años, me hice adicto al policial enigma; creo haber leído casi todo Agatha Christie a razón de un libro por día; aunque mechada con algunas otras cosas como La bestia debe morir. Una de las novelas que más recuerdo de Christie es El truco de los espejos, curiosamente es de sus libros menos nombrados.

Los diez (u once) años fueron el periodo en que comencé a descubrir la sexualidad: percibir la atracción hacia algunas compañeras de escuela, y el descubrimiento del cuerpo (onanismo). Entusiasmado por las historias que me contaban esa gente que escribía libros, tuve el impulso de escribir. Si tanto me apetecía leer lo que escribían los otros, ¿por qué no escribir yo mismo? Hace algunos años, revolviendo papeles viejos, encontré un cuaderno Rivadavia, las tapas amarillentas y crujientes, las páginas cubiertas con una letra que no logro reconocer como propia, en la que narro una historia de espías, al estilo James Bond. En algún momento narro una relación sexual entre el protagonista, una chica muy sexy y dos parejas más. Al releerlo se que es naif y por momentos ridículo. Muchas veces he pensado si mis padres algunas vez descubrieron el dichoso cuaderno y lo leyeron: prefiero no saberlo.

Hasta los catorce años continué leyendo de un modo bastante desapasionado hasta que en el colegio leímos El sur. Ese fue mi verdadero clic literario: supe sin dudarlo que eso me apasionaba. Borges se convirtió en mi puerta de entrada al mundo de la literatura fantástica y la ciencia ficción. Luego llegó Cortázar con Continuidad de los parques, Una flor amarilla, y mi primer contacto con el experimentalismo: Señorita Cora; y también con el primer libro de ciencia ficción que leí, Un toque de infinito, de Howard Fast. Otro autor que avivó mi entusiasmo por la ciencia ficción fue Bradbury, uno de los escritores predilectos de las profesoras de Lengua y Literatura.

De Bradbury me gustaron sus, por momentos, descabelladas historias, teñidas de una clase de sentimentalismo poético que nunca es llorón. Bradbury es un escritor extraño; si bien el motivo de sus cuentos es el futuro (salvo en las novelas policiales) en ellos flota siempre un sentimiento de nostalgia por el pasado. Durante esos primeros pasos por la ciencia ficción transité por Asimov. Tal vez por ser él un icono dentro del género, lo leía con entusiasmo, pero ahora lo veo como un escritor presuntuoso y aburrido. Por supuesto todavía a algunos de sus libros como Yo robot, o Bóvedas de acero se los puede considerar clásicos, y son de lectura casi obligada para conocer la ciencia ficción; pero otros, Un guijarro en el cielo o la interminable y aburrida saga de la Fundación, son bodrios olvidables.

A partir de ese momento comencé a leer cf con avidez, aunque siempre permanecí ajeno al fandom. Pensaba, y aún lo hago, que la lectura es un acto privado, en el que la comunión entre el libro y el lector es un acto en solitario; las discusiones, los intercambios de opinión vienen después. El entusiasmo y el aislamiento de fandom de la cf se me ocurre contrapuducente, han construido alrededor de ellos un muro demasiado alto contra el resto del mundo literario: ni ellos, ni algunos de sus autores pueden crecer en esas condiciones. Hace poco tiempo leo un reportaje a una escritora española de cf (no recuerdo ni siquiera el nombre) en la que despotricaba contra los escritores que se dedican a contar historias simples, describiendo lo que fulano o mengano hacen en un día cualquiera de su vida; me gustaría hacerle leer Un delito para el señor Lewellyn, de Theodore Sturgeon; un autor que tiene adosado el mote de escritor de ciencia ficción. O que diría la escritora en cuestión sobre El Castillo, de Kafka; El lugar, de Mario Levrero; o Ulises, de Joyce.

A pesar de hacer una lectura apasionada de la cf, la misma no lograba resultarme lo suficientemente incitante, y la “otra” literatura se me antojaba demasiado aburrida y falta de ingenio o provocación; algo parecido a lo que le pasa a la escritora que acabo de nombrar, pero entonces yo tenía diecisiete años. Por casualidad me encontré dos volúmenes de cuentos de un autor al que habia escuchado nombrar, y eso fue el summun: al fin había logrado entrar a la buena literatura a través de la simple satisfacción por leer; por el impulso de saberme sacudido con extructuras narrativas, luego lo aprendería, que se amoldaban a los cánones de la literatura “culta”; los libros eran Pasaporte a la eternidad y Playa terminal, J. G. Ballard.

El primero es un libro de cuentos en el que aún Ballard mantiene una relación explícita con lo que se conoce como ciencia ficción; en Playa terminal atraviesa el molde rígido del género para adentrarse en sus primeros experimentos formales. Algunos podrán decir que la etapa de experimentación llegará, en Ballard, algunos años después, con La exhibición de atrocidades, pero cuando hablo de experimentación me refiero a los ya presentes trabajos sobre la extructura narrativa de los cuentos, un ejemplo es el cuento Playa terminal, donde existe un intento por subvertir el esqueleto de la narrativa clásica.

A partir de allí comienza mi búsqueda por una literatura en la que no medien los límites de género o estilo; busqué (y busco) leer cualquier cosa que me satisfaga como lector crítico. No me interesa leer un libro como pasatiempo, si la materia narrada es buena, el libro no termina con la última corrección hecha por el autor; por el contrario, un texto es algo vivo que renace y vuelve a desarrollarse con cada lectura que se hace de él.

Una lista de autores que me interesan (sin orden de preferencia ni calidad, simplemente a medida que llegan a mi):

J. G. Ballard, Theodore Sturgeon, Bret Easton Ellis, Ray Bradbury, Truman Capote, Jorge Luis Borges, Abelardo Castillo, Juan Carlos Onetti, Stanislaw Lem, Alejandra Pizarnik, Fernando Pessoa, Jacobo Fijman, John Crowley, Charles Bukowski, Cordwainer Smith, Arthur Rimbaud, Albert Camus, Franz Kafka, Julio Cortázar, Simone de Beauvoir, Carlos Gardini, William Burroughs, Horacio Quiroga, Marques de Sade, H. P. Lovecraft, Ernest Hemingway, James Joyce, William Faulkner, Erica Jong, Adolfo Bioy Casares, Antonio dal Masetto, Andrés Rivera, Juan Rulfo, Angélica Gorodischer, Italo Calvino, Roberto Arlt, Mario Vargas Llosa, Kenzaburo Oe, John Dos Passos, Herman Melville, Joseph Conrad...

La ciencia ficción y yo

El ánimo enciclopedista, surgido a partir de la revolución francesa, nos ha llevado a catalogar y etiquetar todo aquello que está a nuestro alcance; y la literatura no pudo escaparse de ello: es así que nos encontramos que la misma, como cualquier otra forma de arte comenzó a dividirse en géneros y subgéneros, quizá por el afán de establecer un orden interno que nos permitiera tener anclajes y puntos de referencia a la hora de un análisis sistemático.

De modo “oficial”, la ciencia ficción surge en 1926 en la revista Amazing Stories de la mano de Hugo Gernsback, refiriéndose a ella como “fábulas científicas”. La denominación castellana de ciencia ficción aparece como una traducción literal del inglés science fiction; lo cual es un evidente desatino, ya que la traducción correcta sería ficción científica.

Por supuesto, esto no deberíamos considerarlo más que una anécdota, ya que desde mucho antes de Gernsback hubo en la literatura obras que podrían encuadrarse de modo perfecto a la denominación de ciencia ficción. Un buen ejemplo es Micromegas, de Voltaire: ¿de que otra forma que no sea ciencia ficción podemos catalogar un relato que nos cuenta la visita a la Tierra de un habitante de Júpiter?

Por supuesto, muchos van a cuestionar el hecho que Voltaire utiliza a Micromegas, el viajero de Júpiter, como recurso para hacer una crítica a la sociedad de su época. Éste es el punto al que deseaba llegar.

Si nos quedamos con el concepto de la ciencia ficción como un simple subgénero literario, dejaríamos fuera a una gran cantidad de obras a las que nos sería imposible catalogar; quedándonos solo un puñado de relatos –de todas formas numerosas- que no son, precisamente, lo mejor de la producción literaria.

Prefiero considerar a la ciencia ficción más como un recurso literario que como un género en si mismo. Sospecho que el hecho de conformar un género en si mismo, arrastra tras de si algunas complicaciones nefastas:

1- Los fans (y los autores) terminan enclaustrados en una burbuja del cual no les es posible salir.

2- Dicha burbuja termina aislándolos de la corriente general de la literatura.

3- Y éste aislamiento genera un rechazo, a veces justificado, del resto de la producción literaria.


¿Qué quiero decir con un recurso literario?

Simplemente una herramienta utilizada por el escritor para dar forma al texto narrado, que puede –bien usado- potenciar la historia que se cuenta. Muchos autores de ciencia ficción, ya desde la década del ´50, comprendieron esto y actuaron en consecuencia: Sturgeon, Dick, Ballard, Spinrad; por nombrar solo cuatro.

El hecho de utilizar la ciencia ficción como herramienta para generar un efecto de extrañamiento, la emparenta con la literatura fantástica; a la que tampoco podría considerársela un género.

Planteada esta cuestión vemos que el abanico de posibilidades que nos muestra la ciencia ficción, no solo es vasto, si no también mucho más interesante que las simples historias de cowboys trasladadas al espacio que Gernsback incitaba a escribir en la década del ´20. Lamentablemente, y como consecuencia de la burbuja de la que hablaba, la ciencia ficción ha sido relegada al casillero de literatura menor por parte de la corriente general, o como dicen algunos la cultura oficial.

Siempre pensé que la cultura oficial da muestras de una miopía sorprendente al alzar la bandera del prejuicio; pero el daño está hecho y aún hoy es difícil lograr que muchos escritores y críticos serios se decidan a rever sus opiniones.

La razón por la que considero a la ciencia ficción un recurso, se debe exclusivamente a razones teóricas. Deriva del concepto de realidad literaria; se considera que la realidad en la que vivimos, es apenas una parte de aquella que puede estar presente en un texto de ficción: si bien la realidad objetiva nos permite crear puntos de anclaje a la realidad cotidiana del lector; la literatura no se limita solo a transcribir textualmente esta realidad: en el mundo en el que vivimos, los chanchos no vuelan; pero nada impide que lo hagan en la realidad en que se desarrolla un cuento o novela determinados.

Desde los parámetros teóricos literarios, la realidad literaria se desgaja en dos: la realidad objetiva, que es aquella que se encuentra atada a las leyes de causa y efecto; y la realidad imaginaria, aquella que suspende nuestra percepción objetiva del mundo, y nos muestra hechos en apariencia ilógicos o insólitos, más cercanos a lo irreal o fantástico que a nuestra cotidianeidad. La ciencia ficción caería dentro del tipo de obras en las que el autor hace uso de un aspecto más amplio de la realidad literaria. Y la utilización de “realidades” más amplias que la realidad objetiva del lector, son las que crean un efecto de extrañamiento en la historia.

Siempre desde la teoría el uso de las realidades no objetivas, es lo que nos lleva a las literaturas fantásticas. Y uso éste término no como la clasificación de un género literario, sino como resultado del uso de una estructura de exposición narrativa.

De acuerdo a lo último, podemos tener cuatro tipos de hechos o realidades no objetivas o fantásticas:

1- Hecho mágico: es aquel producto de la intervención de un mago; es decir una persona con poderes mágicos. Un buen ejemplo sería la serie de Terramar, de Ursula LeGuin; que dicho sea de paso está considerada dentro de la ciencia ficción.

2- Hecho mítico-legendario: aquel hecho fantástico que tiene como sustento bases míticas. Por ejemplo El Señor de los Anillos; Tolkien ha tenido como referencia, para escribir toda la saga de La Tierra Media, buena parte de la mitología europea.

3- Hecho milagroso: es el que se produce gracias a la intervención de una deidad o ser superior; sea un dios o un espíritu, o cualquier personaje que no sea un ser humano. El único ejemplo que se me ocurre es La Odisea; al fin de cuentas, relata un viaje por comarcas desconocidas, y tanto Ulises como sus compañeros son, muchas veces, objeto de los caprichos de los dioses.

4- Hecho fantástico puro: es aquel al cual no podemos encuadrar en ninguna de las categorías anteriores. Por supuesto, la ciencia ficción en general caería dentro de éste rótulo.

Tomando en cuenta este sistema de clasificación por que opté, nos damos cuenta que la ciencia ficción es algo mucho más vasto que tontas historias de naves espaciales y monstruos verdes de ojos saltones.

Algunos ejemplos:

a- La inmortalidad: Tema bastante remanido dentro de la ciencia ficción. La podemos encontrar en un libro ya clásico como Incordie a Jack Barron, de Norman Spinrad. Pero también está presente en textos de autores mas cercanos a lo fantástico, como Borges (Los inmortales), o Cortázar (Una flor amarilla)

b- El robot: clásico de los clásicos. Lo tenemos en Yo, robot, de Asimov; pero también hay una premonición del robot en el homúnculo de Frankenstein.

c- Los extraterrestres: condición excluyente para que una historia sea tildada de ciencia ficción. Y aquí la lista de títulos sería interminable; desde las fantasías neonazis de Heinlein en Tropas del Espacio, hasta los extraterrestres que nunca aparecen en Pórtico, de Frederick Pohl; pasando por la lathita de Philip Farmer en Los Amantes; hasta los extraterrestres bondadosos y budistas de La rueda del cielo, de Ursula LeGuin.

d- Los universos o mundos paralelos: otro clásico. Un buen ejemplo es Universo de locos, de Fredric Brown; literariamente no es un gran libro, pero es una sátira muy divertida sobre buena parte de los cliches del género, en especial durante la época de Gernsback. Por el otro lado, un cuento que plantea una idea similar, y muchos se horrorizarían al escuchar que es un cuento de ciencia ficción, es El jardín de los senderos que se bifurcan.

Podría seguir con una infinidad de ejemplos quie muestran que el recurso de la ciencia ficción es utilizado por autores que no están etiquetados como pertenecientes al ghetto; pero sería demasiado extenso y aburrido.

Resumiendo: desconfío de aquellos que se lanzan a defender la ciencia ficción como si se tratara de una damisela virgen a la que se debe mantener alejada de cualquier clase de contaminación. La ciencia ficción –por suerte- se ha pervertido desde hace años con la corriente general de la literatura y forma parte de ella. La ciencia ficción como género literario está muerta, y gracias a ello los escritores tienen la libertad de poder entrar y salir de la misma sin que por eso deban ser tildados como escritores de ciencia ficción.

Estoy seguro que muchos de los que lean este post se van a enojar conmigo, tanto los intelectuales que consideran a la ciencia ficción como literatura adolescente (nada más equivocado, por cierto) como por los puristas que creeran que aborrezco de ella. Lamento defraudarlos, pero sería mejor que se decidieran a abrir la cabeza.